Así comenzó la rebelión en Venezuela

6 junio, 2017

                                          

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Alerta en breves líneas: “TSJ disuelve el Congreso” y “Supremo asume funciones del Parlamento”. El destino del país en un titular que ni siquiera se imprime en un periódico. Las voces de las redes digitales avisan. Despiertan el eco y, pronto, desentumecerán los huesos cansados de los venezolanos, desencantados con el sopor de los líderes de la oposición, derrotados en el marasmo hipnótico de aquella mesa de diálogo que enfrió el referendo revocatorio. Este 30 de marzo amanece con la sentencia 154 del Tribunal Supremo de Justicia, emitida en nocturnidad alevosa, que deja sin atribuciones a la Asamblea Nacional para que el Poder Judicial legisle. Una disolución de facto del Congreso, en un país cuyo régimen controla todas las instituciones, excepto el Parlamento.

 

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Cuatro secuencias se solapan para retratar el 30 de marzo a un país partido en dos. Uno, la canciller Delcy Rodríguez intenta descalificar a la Organización de Estados Americanos, donde se debate aplicar la “carta democrática” para condenar la violación de derechos fundamentales en Venezuela. “Intrusiva, injerencista”, acusa. Dos, una madre bajo el sol con su pequeña en brazos, en una manifestación por falta de medicamentos en los hospitales para los niños en tratamiento contra el cáncer: “De verdad que se están muriendo nuestros hijos”, clama. Tres, propaganda de un foro promovido por el gobierno en el que se presenta el videojuego Súper Bolívar. Cuatro, el presidente del Parlamento, Julio Borges, rompe ante las cámaras la sentencia que el TSJ ha enviado al Congreso: “Basura de quienes han secuestrado la Constitución, los derechos y la libertad del pueblo venezolano”, asegura.

 

                        JBorges-byn

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Empieza a difundirse el hashtag #GolpedeEstado

 

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Algunos diputados se dirigen al TSJ para romper la sentencia frente a los jueces de la Sala Constitucional. Para intentar sorprender a los militares apostados en las inmediaciones, dos de ellos, Carlos Paparoni y Juan Requesens corren hacia la entrada. Los interceptan, forcejean, caen al suelo. Días después, Paparoni será herido en la pierna por el disparo de una “metra” efectuado por los militares y luego se romperá la cabeza cuando el chorro de agua de la “ballena” apuntado directamente a su cara le haga caer al piso. La potencia del líquido a presión será capaz de destrozar órganos vitales, como la vesícula y el riñón de Manuel Melo Beroes, de 20 años, a principios de junio. Los dos diputados se levantan y encaran a los militares, que tratan de atraparlos, más que de agredirlos. Manotazos por ambas partes, Requesens con la camisa rasgada. Los militares parecen desorientados, aplican la fuerza sin recurrir a sus armas. Los diputados se detienen cuando llegan refuerzos. Una barrera de escudos con las iniciales GNB. Les confrontan otros diputados. El vídeo de la acometida será replicado una y otra vez durante esos primeros días.

 

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Tres hombres y una mujer, con una bandera de Venezuela, gritan a los periodistas y diputados: “¡fuera, fuera de aquí!”, cuando se alejan del TSJ. En canales oficiales, arrecia la propaganda con lemas ya conocidos: “Lo único que garantiza la paz en este territorio es la revolución bolivariana”. “No nos rendiremos”. “Movilización constante en la calle”. “Arriba, abajo, la OEA pal carajo”. “Comandante no te fallaremos”. “Venezuela no se rinde”.

 

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“Se acabó el miedo”. Los líderes de la oposición necesitan exhortar a quienes callan ante el amedrentamiento como política. El tiempo transcurrido bajo la aparente pasividad de la Mesa de Unidad Democrática ha logrado unificar al país en una sola opinión: hay que cambiar de gobierno. Pocos meses antes, el intento de organizar una lucha de calle permanente hubiera fracasado ante la duda de un sector de la población. Los últimos días de marzo terminan con ese compás de espera.

 

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A las 17.15 h del día 30 se registra el germen de la movilización ciudadana que dentro de unas horas ocupará las principales arterias de la capital. Un grupo de unas cincuenta personas ocupa tres de las cuatro vías de la autopista del Este, frente a la entrada de la urbanización Santa Fe, con pancartas: “Artículo 350”. Con tránsito espeso, alguien dentro de un vehículo filma a los manifestantes. Luego se leerán tuits que incitan a salir: “A la calle sin retorno”.

 

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Un joven con un gorro tricolor dice a la webcam: “Tendría que haberse hecho en 2014, como nosotros, la resistencia, lo decíamos. Quemar ese cartucho en septiembre”. Es uno de los tantos jóvenes, no necesariamente estudiantes, que desconocen la autoridad de gobierno y oposición. Independientes en una guerrilla propia, conformarán las “barricadas”, día y noche, con la misma pretensión que los demás manifestantes, pero sin temor a la violencia, sin agenda posterior.

 

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Capriles denuncia desde Colombia: “En la madrugada de ayer para hoy ocurrió otro hecho muy grave, la última raya que cruza el gobierno venezolano acompañado de los poderes que controla (…) se materializó un golpe de Estado”. En la misma línea se pronuncian también María Corina Machado y Lilian Tintori, activas en las marchas y en las redes.

 

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A la política la acompaña la realidad. Un cuerpo tendido en la puerta del supermercado Luz. Una bolsa plástica negra de basura le cubre. Un cadáver frente a cientos de personas que aguardan en fila su turno para comprar un kilo de harina. “Le dio un infarto”, confirman tres testigos, que tienen, según dicen, cinco horas en la cola. Quien no aguantó más, duró cuatro. Hace una hora que está allí, bajo la bolsa, con los pies y los brazos descubiertos. Dos mujeres le pasan por encima para entrar al mercado.

 

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Empieza a anochecer y los vecinos de Santa Fe permanecen en el sitio. La Policía Nacional Bolivariana (PNB) abre un carril del lado contrario para agilizar el tráfico, e impide que los conductores se detengan. La mayoría les apoya con corneta y claxon con el clásico estribillo de triunfo. A las 20.16 h el grupo, al que se ha sumado más y más gente, despliega una gran bandera de Venezuela. “Una reacción espontánea”, dice@1Yasminvelasco, representante de Unidad Popular. Sin embargo, en las primeras manifestaciones que sucederán en distintas ciudades se verá que los primeros en señalar una calle o una avenida, y cerrarla con sus cuerpos, tendrán banderas de alguno de los principales partidos de la oposición, no así la “resistencia” de las barricadas, que pronto portará escudos hechos con distintos materiales y pintados con ingeniosos motivos.

 

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En la otra parte de la ciudad, una mujer graba detrás de la ventana a un hombre que golpea la olla, un solitario cacerolazo en el vacío de la noche. “Por eso Venezuela está como está”, dice. “Un solo güevón en la calle”.

 

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Pero el eco actúa de noche: Guarimba. Tranca la calle. Al día siguiente, ni un solo carro en la principal autopista de Caracas, la Francisco Fajardo. A cambio, un río de gente. “Todos los espacios son propicios para protestar: su calle su casa, la cola de la comida…”, reafirma el diputado Miguel Pizarro.

 

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Más golpes de realidad, explicaciones visuales que contienen información suficiente en su mudez: Gente con mochilas en la espalda que rebusca en el camión del aseo urbano, en los contenedores, en los basureros, tras algo comestible.

 

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Estudiantes de bluyines y camisetas blancas, azules, negras empujan y forcejean contra los militares de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) en formación, con escudos altos y porras. La mirada mecánica comparte, desde tres perspectivas, a los estudiantes que intentan llegar al TSJ. Dos chicas en primera línea. Una de larga cola de caballo y otra con el cabello azabache suelto, piel curtida por el sol, mochila en los hombros. Los estudiantes con las caras descubiertas; los militares despersonalizados tras el uniforme y el armamento.

Los empujones se suceden. Hay un guardia, de chaleco amarillo, sin escudo ni casco, que comanda a los soldados, descorre los escudos como un telón, y dice:

-Qué, qué, qué –un reto sin más palabra, que quizás no se le ocurre, o no sabe, no cree o no puede justificar.

-Hermano, vamos al TSJ –se alcanza a escuchar a un estudiante.

Rifirrafe, los estudiantes increpan a los  militares.

“Se acaban de llevar a uno preso”, dice una muchacha a la cámara de Efecto Cocuyo. Camiseta con un dibujo rosa, rota por los militares, mangas recogidas en los hombros. “Ahí está la guardia, que no piensa en los problemas que tiene el país. Porque la realidad es que Venezuela está en dictadura”.

 

 

La retina digital observa, graba, publica. Hace que los demás, los que se asomen a ese espacio-tiempo a través de Twitter, de la web, de otras redes, sean testigos. O cómplices.

-Pero si meten preso a uno nos van a tener que meter presos a todos los estudiantes –dice la muchacha cuando un grupo mira hacia atrás y corre.

 

 

Otra perspectiva, un móvil y una voz agitada. Inscribe en la red cómo un militar acorrala a otro estudiante, que se suelta de sus garras enguantadas con una silla de plástico roja. Los compañeros llegan.

El ojo automático del celular no pestañea. Puede pausarse para contar: catorce militares tras dos estudiantes, una mujer también con cola de caballo, a la que empujan contra unas rejas y agreden con la porra, y un hombre, al que sujetan por el cuello, lo zarandean y lo empujan contra su compañera. “Es una mujer, respeten”, grita quien graba, tal vez @1zulita, que cuelga el vídeo y tiene un retuit, ningún corazón. Pero su filmación de treinticuatro segundos será tomada por un canal de noticias y retuiteado por incontables vigías de la realidad.

A los dos estudiantes se los llevan a empujones, se escucha el lamento de la chica. Serán detenidos, según información de @NTVzla24.

 

 

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El régimen se fractura a las 10.40 h. Con una señal en “vivo y directo” transmitida por VTV, el canal de los incondicionales del régimen, la Fiscal General del Estado, Luisa Ortega, dice, después de presentar el “balance de gestión”, que en las recientes sentencias del TSJ (155 y 156) “se evidencian varias violaciones del orden constitucional y desconocimiento del modelo de Estado consagrado en nuestra Constitución”. Alza la edición azul de pequeñísimo tamaño con la que tanto se retrató Chávez a principios de siglo: “Ésta”, ratifica: “Constituye una ruptura del orden constitucional”, repite. Hace una pausa y recibe el aplauso del auditorio. Sonríe, se quita el flequillo de la cara y lanza un beso con la mano a alguien del público, con la sonrisa más abierta. Pide propiciar un “ambiente de respeto” y el “rescate de la pluralidad”.

La periodista en off del canal gubernamental dice: “De esta manera la Fiscal General presentó el balance de gestión. Destacaba la importancia de rescatar a las futuras generaciones (…)”, se interrumpe, duda, parece escuchar las instrucciones de alguien tan sorprendido como ella.

 

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La protesta comienza a extenderse al resto del país. En el estado Carabobo un grupo personas, algunas con banderas amarillas de Primero Justicia, protestan frente a la sede del Palacio de Justicia de Valencia. Corean: “una dictadura/ como la cubana/ y no, y no/ y no me da la gana”. Tres hombres suben las escaleras hasta la puerta y vacían, ante las rejas cerradas, una gran bolsa de excrementos. Cuando se retiran, de espaldas al recinto, un hombre les arroja esa misma mierda que ha recogido con un cartón. Otros dos le imitan. Son cuatro tandas de voluminoso marrón. Los que protestan no se mueven pero se sacuden la ropa, el pelo.

 

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Los diputados desde la Asamblea Nacional dan una rueda de prensa. El presidente de la Asamblea, Julio Borges, insiste: “Hubo un golpe de Estado dado por la Sala Constitucional y la única solución a la crisis es ir a un proceso electoral para recomponer la convivencia y la democracia”.

 

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En la avenida Francisco de Miranda, a la altura de Altamira, un grupo de menos de diez personas cierra la vía con una bandera de Venezuela larguísima. “Pueblo, escucha/ únete a la lucha”, corean. Un joven enseña un folio tamaño A3 escrito con rotulador: “Venezuela serás libre si luchas contra la dictadura”. Otro muestra los “ojos de Chávez”, logo de las campañas finales y dibujado en muros y edificios públicos, con la palabra “Fin”.

 

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Telesur muestra una esquina del centro de Caracas al amanecer, toma fija de pocos segundos: “Luego de que el Tribunal Supremo supliera las competencias de la Asamblea Nacional, declarada en desacato, las calles de Caracas se observan con total normalidad”.

 

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De madrugada, en los primeros veinte minutos del día siguiente, y en “transmisión conjunta” de todo el espectro de televisión y radio, Maduro anuncia que el “Consejo de Defensa de la Nación” ordena al Tribunal Supremo que “revise” la sentencia. Vestido de traje folclórico negro, sentado a la cabeza de una mesa con una docena de hombres y una mujer califica que se ha llegado a un “importante acuerdo” con un “invitado especial”, el presidente de la Sala Constitucional, allí presente. Asegura que con “la publicación de la aclaratoria y correcciones respectivas (a la sentencia) queda superada esta controversia”. Un mes después anunciará la celebración de una Constituyente, la segunda del régimen en 18 años, para evitar convocar elecciones.

 

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La memoria electrónica llama a la rebelión, amparada en dos artículos de la Constitución de 1999, el 333 y el 350. El primero dice que si la Constitución es desconocida por un acto de fuerza o cualquier otro no previsto en la propia carta magna, “todo ciudadano investido o ciudadana investida o no de autoridad tendrá el deber de colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia”.

El segundo, que “el pueblo (…) desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos”.

 

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La enmienda del régimen no acalla la protesta. El cartel “No + dictadura” se agita en las manos de los que no ceden la calle. Julio Borges dice que “no se trata de tachar una sentencia (…) No lo aceptamos”.

 

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En Monagas los manifestantes todavía se acercan a hablar con los militares:

-Pregúntale a la fiscal, tú tienes que estar pegado a la Constitución –le dice un hombre de cincuenta y tantos, camisa blanca, gorra tricolor.

 

 

Más adelante se verá cuán ingenua es la táctica del diálogo directo con el soldado. La mayoría de la soldadesca no conoce otro sistema que el chavismo, en el que, como militares, tienen privilegios: además de prebendas económicas, gozan de poder e impunidad. Un cierto estatus, cualquiera sea su rango, siempre por encima de los civiles. Intentar convencerles de acatar la ley civil, dentro de un gobierno conformado por una mayoría de oficiales, es inútil. Además, han sido formados para obedecer al mando sin preguntar. Sin embargo, como se verá más adelante, el disparo a quemarropa será obra de una minoría.

 

 

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El tiempo digital transcurre según la huella que deja. En el tiempo físico de ese día, primero de abril, antes o después, o en simultáneo, sucede el primer disparo de un GNB a la multitud. El acto se registra y expande, sucede tantas veces como se reinicia el vídeo que lo evidencia. En El Recreo de Caracas, el militar dispara sobre las cabezas de quienes están frente a ellos. No había siquiera empujones por parte de los manifestantes para traspasar un cordón policial. Sólo palabras, algún insulto. Siempre el intento de convencerles de apoyar un cambio de gobierno. El estallido aleja a los civiles, ensordecidos. “Jalabola”, le gritan. “Malparidos”.

 

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Pero el primer registro electrónico de un acto no es el primer acto. Ni el único. Aquellos manifestantes vienen de otra calle y en la apertura de plano, en otra cámara en el mismo lugar pero en otra perspectiva, la del alto de un edificio, se observa el humo de las lacrimógenas que espanta a los que llegan de aquella neblina. La que filma, o quien la acompaña, grita: “Malditos, los de uniforme, malditos”. Bombas lacrimógenas también en la autopista Francisco Fajardo. Será el inicio de la brutal represión posterior. La orden parece ser clara: impedir que se acerquen y hablen a los soldados, no dejar que reconozcan entre los manifestantes a sus familiares o vecinos, no permitir que identifiquen individuos cuando disparen a la masa, evitar que se vean reflejados e identificados con la protesta.

 

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Transcurre la mañana y la autopista se repleta de gente, otra vez. La marcha quiere llegar hasta la Defensoría del Pueblo. Con los días variarán los objetivos, las dependencias públicas, los responsables. Los organizadores en la MUD serán creativos, darán nombre a las convocatorias: Gran plantón nacional, Mujeres contra la represión, Marcha contra el fraude constitucional, Gran cacerolazo, Marcha por los caídos, Marcha de los libertadores… Y repetirán: Se acabó el miedo, Venezuela se planta contra la dictadura. Pero sí hay miedo a las represalias en los barrios populares, donde se convive con los paramilitares (colectivos), con los circuitos de delatores del régimen, con los que administran discrecionalmente las bolsas de comida. Los habitantes de los barrios se trasladarán a otras zonas de la ciudad para protestar desde la probable seguridad del anonimato algunos caerán víctimas de la represión. Sus familiares, acosados por el entorno, dirán que no se manifestaba contra el gobierno, que sólo pasaba por allí. Salió a comprar comida, dirán con temor. Hasta que se alzen los habitantes de La Vega, una zona popular, antiguo bastión del chavismo.

 

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En una toma abierta y lejana, la multitud ocupa la autovía de punta a punta. Los militares cierran los accesos en la avenida Libertador. Los que están a la cabeza de la marcha cuentan: “tres, dos, uno”, y embisten los escudos, les disparan lacrimógenas, aún no a quemarropa, como se verá en días posteriores y que causará la muerte de Juan Pablo Pernalete, de 20 años, y serias lesiones a Oscar Navarrete, de 18 años, en estado vegetativo después del impacto de uno de esos cartuchos. Una mujer de mediana edad se aferra a uno de los escudos e intenta arrebatarlo, sin fuerza suficiente. “Malditos”, grita. “Son unos desgraciados”.

 

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En la autopista, Henry Ramos Allup, diputado y anterior presidente de la Asamblea Nacional, es detenido por un militar. Chaleco naranja: GNB, Seguridad Vial. Le ha detenido en plena vía para registrar su vehículo.

Ramos: No me voy a dejar revisar.

Militar: Por qué no, diputado, dígame por qué no -como si en sus palabras no estuviera la respuesta: es un diputado, tiene inmunidad, un efectivo de las Fuerzas Armadas no puede actuar como autoridad civil, menos sin orden judicial.

Ramos: Revisa a tus compañeros de armas.

Corte. Otra toma.

Ramos (molesto): Cobarde, cobarde.

Militar: No me levante la mano.

Ramos: Desármese, no joda.

Militar (molesto también): Si quiere me desarmo.

Civil, de los tantos que se han detenido en plena autopista a apoyar a Ramos: Sí, desármese.

Ramos: Ladrones, corruptos.

Militar: Tú sí eres un corrupto.

El militar recula. Ramos sube a su camioneta.

 

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Mientras la oposición convoca más movilizaciones y continúa la presión internacional ante el autogolpe de Maduro, en instancias como la OEA sobre todo pero también por parte de gobiernos que llaman a consulta a su embajador o hacen un llamamiento a mantener el orden democrático, el gobierno bloquea las principales carreteras hacia la capital, con piquetes de la Policía Nacional Bolivariana y en ocasiones con “autobuses y gandolas atravesadas en la vía. No hay acceso de entrada (a Caracas) por ninguna vía”, dice un conductor que graba los vehículos inmovilizados del camino. En Caracas la policía cierra los accesos del Metro.

 

 

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El régimen organiza una manifestación en el centro de Caracas. Los vídeos muestran la escasa afluencia de público, a pesar de activar los métodos usuales para llenar la plaza. A las 11 h, en la avenida México sus adeptos agitan banderas y visten de rojo, pero con una afluencia lejana a meses anteriores, y lejanísima a otras épocas. En días posteriores, el gobierno intentará contrarrestar las movilizaciones de la oposición (aunque ya se podría hablar del pueblo, del consenso en torno a la necesidad de cambiar de gobernantes) con actos diversos. Pero, ante la dificultad de mostrar una masa de apoyo, se aferrará al cambio de reglas sobre la marcha, gracias al control de las instituciones, y a la fuerza de sus grupos de choque, tanto institucionales como paraestatales.

 

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En paralelo, la Guardia Nacional impide que la marcha opositora pueda avanzar hacia Plaza Venezuela, en la avenida Libertador. Ese día 4 de abril se produce la primera de las grandes confrontaciones entre militares, ya con orden de reprimir con violencia, y civiles. En la avenida Libertador, la marcha avanza compacta hasta el primer muro de soldados: tras cada escudo, columnas de cuatro y cinco soldados, apuntalándose unos a otros, los de atrás al ataque.

 

 

Los manifestantes empujan, aguantan lacrimógenas, perdigones y chorros de agua de la “ballena”. Frente a las tanquetas y blindados, se dispersan y se reconcentran. La multitud se ramifica, busca vías alternas para llegar a sus objetivos. 

 

 

Los militares ya exhiben una estrategia, a diferencia de sus actuaciones en días anteriores. Ahora se concentran, forman la barrera de escudos, aguardan a que llegue la cabeza de la marcha. Entonces arremeten feroces contra los civiles desarmados.

 

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Por qué marcha el pueblo. Una mujer mayor, frente al piquete de militares, lo explica a cámara: “tengo una sobrina que se fue a España, otra a Brasil por el hambre y la delincuencia. A una le dieron un tiro (…) Por eso yo salí de mi casa y hasta el día que esto se recupere no dejo de salir. No pertenezco a ningún partido. Lo que soy es venezolana, cansada, muerta de hambre, con necesidad, en el país que ya no se soporta”.

 

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La agresividad de los militares, que atacan cuando los manifestantes aún no se acercan, como antes que intercambiaban palabras e imprecaciones, hace que se aprecie una mancha de asfalto entre una avanzadilla, que se hace llamar “la resistencia”, en su mayor parte jóvenes que luchan cuerpo a cuerpo contra los militares, y los demás, los que refrendan con su presencia su rechazo al régimen pero no tienen fortaleza ni espíritu para la confrontación violenta. Los primeros, unas decenas de fuerzas de choque; los demás, entre doscientas mil y un millón de personas con banderas y carteles sólo en Caracas, cálculos al ojo de distintas fuentes.

 

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El cuerpo militar también consta de dos partes diferenciadas. La que deprenda y la que contiene. En la primera, van dos agentes por cada moto, el de atrás con el escudo, y actúan a la ofensiva contra personas desguarecidas y desarmadas. La segunda, clava el escudo a lo ancho de la avenida, y detrás de los escudos entre tres y cinco filas de militares, bien apertrechados. Pero no todos portan las escopetas de bombas y perdigones, y los que no tienen se conforman con recoger las piedras del suelo y tirarlas. Como lo hacen los manifestantes de la resistencia. Hay uno joven que ha logrado arrebatarle un escudo a un guardia. Detrás de él se colocan otros dos, con la misma estrategia de los militares, y lanzan las piedras como pitchers de Grandes Ligas. Un guardia salta a la pata coja, le han dado quizás en la espinilla, y se va de la formación. Una batalla campal con dos equipos separados por una tierra de nadie de unos quince metros.

 

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Algunas otras escaramuzas de ese día muestran la poca convicción de los militares de la Guardia Nacional: un hombre se acerca a un soldado en moto, discuten. El hombre le quita el lanzabombas de un tirón. El militar no reacciona. Otros dos guardias intentan recuperar la escopeta. Y los civiles se la tiran unos a otros, hasta que la lanzan al viaducto de la Libertador. Los militares miran hacia abajo.

Pero lo que podría parecer una represión de baja intensidad, una actuación casi infantil, será el preludio de la enorme violencia que llegará. No el cuatro de abril, pero sí dos días después.

 

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En el muro de metal que forra a los blindados y ballenas para evitar que se filtren los insurgentes, un chico pinta con spray: ART. 350. Es la consigna. Rebelión civil.

 

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En El Tigre los militares arremeten contra los manifestantes. Buscan una presa a la que arrestar. Atrapan a un hombre, los compañeros van en su ayuda. Se cuelgan de los cuellos y cascos, empujan, patean. Una señora defiende a su muchacho y se lleva un palazo. “Deja a mi madre cobarde”, se interpone una mujer de mediana edad. El capturado es arrastrado aunque forcejea. Camiseta rota de los tirones. “Déjelo”, grita la mujer golpeada, que no pierde su rastro y alcanza a los militares y los empuja. Uno de ellos, ve que lo graban, y el palo se estrella contra el móvil, contra la memoria, contra la evidencia que llegará a los tribunales más temprano que tarde. Aunque ya es tarde para tantas cosas en Venezuela. Cuánto tiempo y penuria ha necesitado la mitad del país para reclamar su libertad.

 

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En la marea de desinformación, abundan los contenidos inválidos por la fecha o el lugar. Testimonios de 2014 o de otros países. Fotografías y vídeos sin contexto. También el retuit a destiempo. Los que encuentran más eco pueden permanecer varios días, como si ocurrieran ahora, como si el tiempo de la red social fuera siempre real. Surgen los fact-checking espontáneos, personas que se encargan del desmentido o la aclaración constante. Un audio, una imagen que causa inquietud o estupor. El rumor señala a la inteligencia cubana, a los troll del chavismo.

 

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Los grupos paramilitares del régimen, llamados “colectivos”, aún no han actuado, aunque algunos tuits les acusan de agredir a los diputados frente al TSJ. En realidad los testimonios visuales indican que la represión aún corre a cargo de los cuerpos uniformados. Sí existen, en esos primeros días, pequeños grupos de simpatizantes del chavismo, que confrontan a los manifestantes, con empujones, retaliaciones, latigazos y golpes con objetos recogidos de la calle sucia.

En esa muchedumbre desorganizada y exaltada, que gritaba “fuera” frente a la Defensoría del Pueblo, surge uno que hiere al diputado Juan Requesens con una botella. Profunda brecha en la frente, que sin embargo no logra tumbarlo. Requesens se aleja tambaleante, sin perder el conocimiento. A cientos de kilómetros, en Anzoátegui, se denuncia que otro grupo de personas afectas al chavismo fracturan a golpes dos costillas a otro diputado, José Brito. Sin embargo, todavía no se ha visto su organización militar ni la coordinación con las Fuerzas Armadas.

 

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El ojo eléctrico captura las dos primeras movilizaciones de los paramilitares motorizados el 4 de abril. El primer contingente circula por El Paraíso en Caracas. En doce segundos de vídeo, por el plano fijo de la cámara pasan más de cien motos, algunos con dos ocupantes. Se dirigen hacia donde sucede la protesta. Otro vídeo, colgado poco después, registra cómo esas fuerzas armadas vestidas de civil disparan contra los manifestantes desde un elevado de la autopista.

 

 

El segundo contingente avanza cerca del Palacio de Miraflores: cuarenta motos, todas con dos hombres, en siete segundos. A plena luz del día, sonando cornetas y bocinas, a la vista de los peatones, que se detienen para dejarlos pasar, para invisibilizarse. El vídeo dura treinta y seis segundos, en ningún momento la columna de paramilitares adelgaza ni se detiene: cerca de doscientas motos, cuatrocientos hombres. La acción de estas bandas criminales y con organización militar, bajo las órdenes de la jerarquía del régimen, comenzará a notarse. En sesenta días serán responsables de la mitad de los homicidios, siempre sin esclarecer, siempre bajo la mirada impávida de las autoridades.

 

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Con los colectivos en la calle, los soldados empiezan a emboscar. Cazadores de lentos o desprevenidos. Persiguen a los manifestantes por las calles adyacentes a las protestas, capturan quien se ponga a su alcance. Hombres, mujeres, ancianas, jóvenes. Parece que ya se ha impartido una nueva orden, distinta la que regía: ejercer la represión como sea. Empiezan a disparar lacrimógenas contra las ventanas de los edificios. Si logran acorralar a alguien, lo agreden. La memoria externa guarda el momento en que cuatro uniformados alcanzan a un indefenso anciano en el piso, le golpean con sus manos encostradas de plástico, con un arma delgada y corta como una varilla, con las botas. Le dejan tendido, se marchan en dos motos.

Serán tantos los heridos que no entrarán dentro de las estadísticas de la represión, que darán la dimensión de los asesinatos, de los detenidos sin proceso penal, de los enjuiciados. Habrá también un nuevo cambio de reglas: serán los tribunales militares los que juzguen y encarcelen a los civiles.

Un Policía Nacional, de apellido Hernández, dice, con un megáfono, a los manifestantes: “Pidan su permiso, en cualquier parte del mundo lo hacen, ¿no lo van hacer en Venezuela?” Y ordena a sus soldados: “Avanzar, avanzar”.

 

 

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Los documentos de vídeos breves y sin editar, de actos fotográficos espontáneos y de reportajes se acumulan. Ya  se denuncia media centena de detenciones arbitrarias. Se difunden imágenes de los apresados mientras los llevan en moto. Tres por máquina, el preso en el medio. Esta imagen será una de las iconografías de la protesta, cuando se lleven así también a mujeres. Incluso a mujeres de tres generaciones de una misma familia en una sola embestida, en la puerta de su edificio.

A finales de mayo habrá 2.977 arrestados por protestar, de los que 1.351 permanecerán detenidos. De ellos, 363 serán presentados ante tribunales militares y 189 sentenciados por esa instancia impropia para un civil, y menos por manifestar pacíficamente. Las cifras, proporcionadas por el Foro Penal, activa organización en defensa de los presos de conciencia, como todo ellos, seguirán creciendo, serán siempre aproximadas ante el silencio del gobierno, que querrá mostrar una extraña normalidad con vídeos de un Presidente bailarín y errático, ausente del mando. 

 

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Un grito resume el único consenso entre los dos países que comparten un territorio: “¡Que se vayan, coño!” Con desesperación, sin revancha. Incluso con resignación al olvido que, con contadas excepciones, se da por necesario.

 

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Se celebra la “Tranca contra el golpe”, el 6 de abril. El cronograma de acciones que emiten los partidos políticos tiene doble objetivo. Ambos importantes. El primero: mantener el ánimo, la cohesión y la fuerza de una población desencantada de la política y agotada por el desabastecimiento y el hambre. Se cumple y logrará lo impensable, que la protesta se extienda más allá de los dos meses.

La gente responde en todo el país: en Puerto Cabello, los médicos protestan y cierran calles, en Margarita agitan los estudiantes con estrofas como “quiénes somos/ estudiantes/ qué queremos / libertad”, en Mérida llegan hasta la sede de Defensoría del Pueblo y arengan con palmas: “No por magistrados/ yo voté por diputados”, en Maturín toman las calles, en San Cristóbal exhiben mensajes como: “Ustedes con balas, nosotros con amor”, “Soldado, hermano, eres venezolano, voltea ya tu arma y expulsa a los cubanos” o “Zona de gochos arrechos”. En pequeñas poblaciones como Naguanagua o Guarenas decenas de personas cierran las vías.

La segunda misión, ésta no reconocida, de divulgar las citas y recorridos es que los militares sepan dónde colocar sus barreras para evitar que la multitud llegue a los predios de los colectivos y francotiradores, apostados en las inmediaciones de los edificios oficiales que son, en teoría, el destino final. Permitir que la gente se detenga en el primer círculo de seguridad aunque sea una estrategia criticada en redes sociales por los que quisieran llegar a la meta, o los que no salen de sus casas. Aunque solamente dos marchas llegarán a su objetivo en más de sesenta días el gran propósito de desgaste se conseguirá. Los líderes de la oposición parecen apostar por cambiar de gobierno sin que ocurra la matanza a la que parecen estar dispuestos quienes se atrincheran en el poder. Parecen creer que hay espacio para la negociación, no ya oficial en una mesa de diálogo, sino subterránea, privada.

 

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A las once de la mañana, el eco de las redes instiga ya a los visionadores de la realidad venezolana: “Ésos son golpistas/ lo dijo la fiscal”, corea un grupo de mujeres. “Maduro/ Maduro/ Maduro está cagado/ y tiene en Miraflores/ el papel acaparado”, recitan estudiantes, un representante de cada universidad caraqueña (Ucab, Unimet, USB, UMA, UCV…), con los brazos en cadena.

 

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Se impone la consigna de los primeros días: “sin miedo”.

La “resistencia” apalea a las ballenas y los blindados mientras escupen chorros a los manifestantes, se repliegan ante la llegada de las tropas con los perdigones y las lacrimógenas. Pero se reagrupan y cargan de nuevo. En ocasiones, logran que retrocedan los militares.

La autodenominada “resistencia” es una simbólica y anárquica agrupación de tirapiedras que intenta fungir de brazo fuerte de la protesta, sin consistencia ni organización suficiente para que la MUD pueda apoyarse en ella para ejercer presión en las negociaciones. Aunque la oposición democrática se ha mantenido siempre alejada de la confrontación violenta, tampoco ha existido la posibilidad de surgimiento de un antagonista armado, debido a la falta de un mínimo espacio donde concebirlo. Desde temprano, el chavismo ahogó ese escenario al transar con dos elementos para controlar el territorio. Uno, el narcotráfico, dueña de selva y llano, mediante las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y los latifundistas dueños de gigantes y opacas haciendas de los estados llaneros venezolanos. Dos, el malandro, señor feudal dedicado al robo, extorsión y secuestro, que vive en los barrios populares y opera en las principales ciudades, cuya lealtad al régimen se premia con impunidad y eliminación de contrarios, con operativos policiales y militares como la Operación de Liberación del Pueblo (OLP).

 

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Aparece Diosdado Cabello en los medios oficialistas. Con el hashtag #PuebloyFANBLealtadAbsoluta amenaza: “No nos vamos a mover (…) ponen a sus hijos como carne de cañón (…) llaman para que derramen su sangre (…) ni con sangre va a haber cambio en Venezuela”. Un acto oficialista se programa para la misma hora en que la oposición sale a la calle. La magnitud de la “marcha revolucionaria” se puede medir gracias a un vídeo de catorce segundos producido por los canales del Estado, y retuiteado por los afines al chavismo. En un picado desde una tercera o cuarta planta, la cámara enfoca al corazón de la comparsa y hace un barrido de unos cinco metros. Se cuentan, con generosidad, unas 300 personas, trabajadores de PDV que quieren dejar constancia con su pancarta. Funcionarios públicos obligados a vestir de rojo que ya asumen que su función principal es llenar los actos oficiales.

Segundo vídeo de la comparsa: detrás de una pancarta roja de una “comuna”, dos centenas de personas bailan al ritmo de reguetón, frente a un camarógrafo que les exige saltar más. No hay tomas aéreas a pesar de que el gobierno es el único que puede surcar el cielo capitalino con sus helicópteros. Sobrevuelan, sí, la marcha opositora y, días después, le lanzará bombas lacrimógenas desde el aire.

Declaraciones de los líderes históricos del chavismo, como Jaua, Bernal e Istúriz, desde una tribuna o en lugares protegidos, nunca a la cabeza de su marcha de apoyo. Discurso uniforme que instiga a defender al régimen con armas y derramamiento de sangre. “El peo está prendido, chico”, dice Istúriz, como si fuera el pistoletazo de salida. Maduro no aparece.

 

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La represión cruzará la línea definitiva ese día. Los militares y la Policía Nacional Bolivariana, creada con enormes recursos del Estado durante el gobierno de Chávez, disparan armas de fuego contra los manifestantes. Asesinan a John Jairo Ortiz. Hieren a otros cinco de sus compañeros, a los que filman ya en la clínica. Uno de ellos muestra su mano, atravesada por una bala. Agujero con entrada y salida.

Una decena de días más adelante, se presenciará, gracias a la mirada electrónica que eleva su instante al bucle de la memoria colectiva, cómo los paramilitares asesinan de un disparo a Paola Ramírez, que tan solo huía de la ronda de sus motos y buscaba refugio, tras atravesar un parque, en su hogar próximo.

La mayoría de los asesinados son esculpidos en la retentiva nacional con su última imagen, tendidos sin vida en el suelo, con un aura de sangre. Imágenes duras de una vida arrebatada. De un homicidio de odio.

 

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Al menos 52 personas han sido asesinadas por las fuerzas de choque, tanto militares como paramilitares, del Gobierno, en 64 días de protestas (hasta el 2 de junio). En la memoria colectiva y digital, las remembranzas no siempre coinciden en estos días de heroísmo y represión. Difieren Foro Penal, Fiscalía, medios digitales en algunos nombres o algo más que un matiz: si manifestaban o saqueaban, dos actividades absolutamente distintas.

El registro depende del criterio y el acceso a la información, a partir de declaraciones de testigos y sin acusación fiscal en un 90% de los casos. En la gran mayoría permanecerá la incógnita del nombre del asesino, de su adscripción al régimen, sumida en la nebulosa de la opacidad oficial.

Gracias al cruce de datos, se recogen aquí sólo los nombres de quienes fueron víctimas mortales de la represión de paramilitares (colectivos), GNB, PNB y otras fuerzas policiales. Faltarán, con seguridad, aquellos no esclarecidos o sin registro.

Los casos se ordenan por nombre, edad, herida, fuerza represora, lugar y fecha del homicidio.


—Jairo Ortiz. 19. Herida de bala en el pecho. Policía Nacional Bolivariana (PNB). Carrizales. 6/4.
—Daniel Queliz. 19. Herida de bala en el cuello. Policía de Carabobo. Valencia. 10/4.
—Miguel Ángel Colmenares. 36. Múltiples disparos. Paramilitares
(colectivos). Barquisimeto. 11/4.
—Brayan Principal. 14. Herido de bala. Paramilitares (colectivos). Barquisimeto. 11/4.
—Gruseny Canelón. 32. Perdigón a quemarropa. GNB. Cabudare. 13/4.
—Carlos José Moreno. 17. Herida de bala en la cabeza. Paramilitares (colectivos). San Bernardino. Caracas. 19/4
—Paola Ramírez. 23. Herida de bala en el tórax. Paramilitares (colectivos). San Cristóbal. 19/4.
—Niumar Sanclemente. 26. Heridas de bala. San Antonio de Los Altos. 19/4.
—Mervin Guitián. 26. Heridas de bala pierna y abdomen. Caracas. 20/4.
—John Quintero. 21. Herida de bala en la cabeza. ¿? Barinas. 22/4.
—Luis Lucena. 20. Herida de bala en el pecho. Policía de Barinas. Barinas. 22/4.
—Renzo Rodríguez Roda. 54. Herida de bala. Paramilitares (colectivos). Barinitas. 24/4.
—Jesús Sulbarán. 42. Herida de bala en el tórax. GNB y paramilitares. Mérida. 24/4.
—Jackson Hernández. 16. Herida de bala en la cabeza. Paramilitares. Táchira. 24/4.
—Daniel Infante. 26. Herida de bala. Paramilitares. Mérida. 24/4.
—Luis Alberto Márquez. 52. Herida de bala. Paramilitares. Mérida. 24/4
—Orlando Johan Medina. 23. Herida de bala en el rostro. ¿? El Tocuyo. 25/4.
—Christian Ochoa. 22. Perdigones disparados a quemarropa. Policía de Carabobo. Valencia. 26/4.
—Juan Pablo Pernalete. 20. Impacto de una bomba lacrimógena en el pecho. GNB. Caracas. 26/4.
—Eyker Rojas. 20. Herida de bala en la cara. GNB. Barquisimeto. 27/4.
—Carlos Eduardo Aranguren. 30. Heridas de bala. GNB. Caracas. 2/5.
—Ángel Moreira. 28. Arrollado por un vehículo que arremetió contra manifestantes. Caracas. 2/5.
—Armando Cañizales. 18. Perdigón de plomo en el cuello. ¿? Caracas. 3/5.
—Gerardo Barrera. 36. ¿? Carabobo. 4/5.
—Luis Eloy Pacheco. 22. Herida de bala en el rostro. Policía de Carabobo. Central Tacarigua. 4/5.
—Hecder Lugo. 20. Herida de bala en la cabeza. ¿? Los Tulipanes, San Diego. 5/5.
—Miguel Joseph Medina Romero. ¿? Herida de bala en el abdomen. Maracaibo. 5/5.
—Anderson Dugarte. 32. Herida de bala en la cabeza. ¿? Mérida. 10/5.
—Miguel Castillo. 27. Herida en pecho con metra de plomo. GNB. Caracas. 10/5.
—Luis José Alviarez. 18. Herida de bala en el tórax. PNB. Palmira. 15/5.
—Diego Hernández. 33. Herida de bala en el pecho. Policía del Táchira. Capacho Nuevo. 15/5.
—Yeison Mora. 17. Herida de bala a quemarropa en el rostro. GNB. Pedraza, Barinas. 16/5.
—Diego Arellano. 31. Herida de bala. GNB. San Antonio de los Altos. 16/5.
—José Guerrero. 15. Herida de bala en la espalda. GNB. Sabaneta, San Cristóbal. 17/5.
—Manuel Castellanos. 46. Herida de bala en el cuello. GNB. Táchira. 17/5.
—Paúl Moreno. 25. Arrollado por una camioneta blindada. ¿? Maracaibo. 18/5.
—Daniel Rodríguez. 18. Herida de bala en la cabeza. Paramilitares. Córdoba, Táchira. 19/5.
—Jorge Escandón. 37 años. Herida de bala en la cabeza. ¿? 19/5.
—Edy Terán. 23. Herida de bala en el pecho. Paramilitares. Valera. 20/5.
—Yorman Bervecia. 19. Herida de bala en el pecho. Barinas. 22/5.
—Elvis Montilla. 22. Herida de bala en el pecho. Paramilitar. Palma de Oro. 22/5.
—Alfredo Carrizales. ¿? Herida de bala en el tórax. ¿? Barinas. 22/5.
—Miguel Ángel Bravo. 24. Herida de bala en el pecho. Policía de Barinas. Socopó. 22/5.
—Ynigo Leiva. ¿? Herida de proyectil (metra). GNB y PNB. Caracas. 22/5.
—Freiber Pérez Vielma. 21. Herida de bala en la espalda. ¿? El Corozo, Barinas. 23/5.
—Erick Molina. 35. Herida de bala en el pecho. ¿? Barinas. 23/5.
—Juan Antonio Sánchez. 21. Herida de bala en el pecho y en las costillas. ¿? Barinas. 23/5.
—Adrián José Duque Bravo. 24. Herida de bala en tórax y trozos de metra en el abdomen. GNB. Maracaibo. 24/5.
—Augusto Puga Velásquez. 22. Herida de bala. Policía del Estado Bolívar. Decanato de la Universidad de Oriente, Ciudad Bolívar. 24/5.
—Manuel Sosa. 30. Herida de bala en tórax. GNB. Valle Hondo, Lara. 26/5.
—César Pereira. 21. Impacto de metra. ¿? Lecherías. 28/5.
—María Estefanía Rodríguez. 46. Herida de bala en el pecho. ¿? El Cují. 1/6.

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A la primera semana de insurgencia civil le seguirán dos meses de manifestaciones ininterrumpidas, en todo el país. Ejemplo de constancia política y cohesión de los habitantes. Se expandirá incluso a barrios populares como La Vega, con preludio de enfrentamientos armados. Los celulares, esos ojos mecánicos de memoria compartida, cuyas grabaciones sirven de evidencia y denuncia, serán objeto de persecución. Entre miedo a enfrentar la responsabilidad que comportan sus acciones e impulso de delincuente común, los esbirros del régimen actuarán con el abuso y la saña de los ejércitos invasores. Imitarán, durante el tiempo que dure el estado de excepción, el saqueo que efectúa la elite del régimen.


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