Elogio a la fotografía de encargo

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El fotógrafo de encargo está obligado a documentar la cotidianidad, y lo que ocurre en esa rutina: aquello que la altera y aquello que la transforma.

 

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Esta documentación se realizaba cuando las ciudades o los campos se exponían a esos cambios. Más que cómo fueron, se evidencia cómo se reformaban. En los años treinta, la crisis económica de la Gran Depresión se sumó a la crisis tecnológica del campo, cuando el tractor sustituyó a la mano de obra en Norteamérica. El éxodo de los desplazados fue documentado por encargo de la Farm Security Administration y el lente de once fotógrafos: Walker Evans, Dorothea Lange, Arthur Rothestein, Theo Jung, Ben Shahn, Carl Mydans, Russell Lee, Marion Post Wolcott, Jack Delano, John Vachon y John Collier. Sus trabajos están depositados en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, entre otros.

 

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Fotografía de Walker Evans. Familia de Alabama, 1936 (publicada en el libro de James Agee “Elogiemos ahora a hombres famosos”)

 

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Varios grados de latitud más cerca a la línea ecuatorial, la gran conversión del campo al comenzar la explotación petrolera, que deviene en el abandono de la siembra para dar paso a una economía de extracción y minera, es documentada en Venezuela desde los años cuarenta y hasta los sesenta por encargo de Shell, que mantuvo operaciones en el país hasta la nacionalización de los hidrocarburos en los setenta. Se conservan negativos y vídeos en la Universidad Católica Andrés Bello y Bolívar Films.

 

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Caracas, 1948. Archivo Shell/ Bolívar Films

 

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En la II Guerra Mundial, los ejércitos aliados ordenaron a un grupo de sus soldados a armarse con las primitivas cámaras portátiles para documentar los territorios que conquistaban. No todas las fotografías y los vídeos fueron realizados por aficionados. Margaret Bourke-White retrató a las familias suicidas de Leipzig; Lee Miller documentó los campos de concentración de Buchenwald o el apartamento de Hitler en Múnich. Son fotografías de encargo, aunque hayan aparecido en revistas de moda, como Vogue, y hoy esas imágenes de miseria y horror se coticen al alza entre coleccionistas, comisarios, museos y otros espacios expositivos.

 

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Fotografía de Margaret Bourke-White. Leipzig, 1945

 

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Sin esos trabajos de encargo no existiría el testimonio fehaciente, aunque siempre subjetivo y dependiente del talento del fotógrafo, de las variaciones provocadas por sucesos determinantes de la historia, muchos pacíficos y a largo plazo; otros, de facto y breves.

 

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Mientras que el fotógrafo-artista rehúye de esa cotidianidad, de esa visión de lo obvio, y crea un universo paralelo, donde interpreta la realidad; y el fotógrafo-autor proyecta su trabajo con antelación, lo delimita (se plantea un tema, busca encarnar su idea), el fotógrafo de encargo da relevancia a lo ordinario, a lo que se hace invisible por habitual, a lo que parece estático por la lentitud de su evolución.

 

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El encargo documental, por el contrario, obliga a capturar la imagen –en movimiento o no– de lo que está allí. En muchos casos, desestiman la gran mayoría de su propia producción. No la nombran, no la ubican ni datan con exactitud, sobreescriben en el negativo, no lo revelan y, si lo hacen, suelen ser copias de trabajo, que incluso recortan. Acumulan su producción, quizás bajo el lema de foto hecha, foto pagada.

 

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El ritmo diario, la necesidad de subsistencia, el aplazamiento del retiro para ordenar y archivar pueden frustrar a los fotógrafos de encargo y disminuir su percepción del valor de sus negativos, que en el instante tomado tienen un precio contante, pero que con los años se acrecienta hasta colindar con la unicidad y singularidad de la obra artística.

 

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El tiempo coloca en su lugar el valor del encargo realizado con una visión particular y un buen manejo de la técnica.

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