Forja de un lenguaje fotográfico

31 enero, 2017

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Hace un par de años, Carlos Spottorno daba vueltas a una intención (para entonces era una intención, más que una idea): un fotolibro que rompiera con todas las formas –aún no abordaba el fondo-, para llegar más allá del círculo de expertos y aficionados. Él regresaba de hacer las fotografías para una entrevista del dominical a un escritor que yo nunca había leído –y sigo sin recordar su nombre ni interesarme por sus libros-, y que, según parecía estar contrastado por quien le pidió la pauta a Spottorno, era uno de los mayores vendedores de libros del mundo.

 

Ese encuentro reforzó en el fotógrafo la inquietud, el acertijo, de ganar para la fotografía a ese tipo de lector que busca una narrativa formulada para entretenerle con una historia bien contada, cautivadora, universal, probablemente intrascendente. En la feria del libro de Madrid, mientras firmaba las ediciones de Wealth Management, China Western y su volumen de la colección PHotoBolsillo (PIGS no, pues para entonces ya estaba agotado), Spottorno buscaba cómo sacudir a ese público aún distante.

 

Pero no se trataba, constato ahora, después de leer La grieta de Spottorno en coautoría con Guillermo Abril, de romper el pírrico techo del negocio editorial dedicado al fotolibro con la invención de un bestseller. Spottorno buscaba un lenguaje. Un nuevo lenguaje para la fotografía, sin escapar de ese viejo objeto tecnológico, el libro códice. Con La grieta, Spottorno logra ese difícil objetivo, no sin sacrificio.

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Al mejor estilo de crónica periodística (los autores ganaron World Press Photo 2015 por una de las piezas incluidas aquí), este libro muestra varias de las fronteras de Europa, y perfila las distintas maneras en que burocracia, temor, violencia, prepotencia, solidaridad, desesperación, indiferencia conviven según las formas mentales –y sus muros- en uno y otro punto del continente que anhela blindarse y, al mismo tiempo, resguardar algo de sentido común, ya no de compasión. El relato comprende, entre otros, los bordes de España con Marruecos, de Bulgaria y Grecia con Turquía, de Italia con Túnez, de Polonia con Ucrania, Rusia, Bielorrusia y Lituania, de Finlandia con Rusia.

 

Con textos de Abril, el relato está dispuesto al mejor estilo tradicional de la novela gráfica (graphic novel, en el sentido dado por Will Eisner), aunque aquí las fotografías funcionan como trazos dentro de la viñeta. Al contrario que en la mayoría de obras del género, en esta obra el texto pareciera apoyarse en la imagen, con lo que se puede especular que el trabajo fotográfico determina el guion. Siete fotografías por página o en solitario, casi siempre pisadas con el recuadro textual, recortadas en función del conjunto. Sacrificadas.

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Así, el relato construido en este libro se priva, desde la perspectiva visual, al menos de uno de los grandes pilares de la fotografía, definido por Cartier-Bresson como “el momento decisivo”, el instante en que la imagen tiene “una belleza y un placer que no emanan tanto de lo que está ocurriendo como del dibujo momentáneo de líneas y formas”, en palabras de Szarkowski (El ojo del fotógrafo). En el fotoperiodismo, la fotografía de calle, el retrato –estático o en movimiento-, el autor busca la imagen que se aproxime a esas convenciones de gracia y luz, discriminando de entre todos los fotogramas que conforman una secuencia de trabajo –decenas en múltiplos de ocho en lo analógico, miles en lo binario-. E intenta expresar lo acontecido a través de una imagen, una, única, elegida del grupo, reforzada además con el arduo proceso de positivado (en la época del negativo) o el trabajo de retoque y filtrado (en la era digital). El arte fotográfico descansa sobre este gran cimiento, que Spottorno decide implosionar al favorecer la narración, antes que el “gozo estético”, eso que, para Nabovob, distinguía el arte.

 

Quiero decir: en La grieta existen magníficas fotografías que en cualquier otro libro serían destacadas a doble página o en una hoja completa, enfrentada con criterio de edición gráfica a otra imagen para establecer un diálogo, sin restarse fuerza una a otra, para crear una deriva con la secuencia, que pasee al observador por la naturaleza de la imagen. Pero aquí todas estas fotografías están al servicio de la crónica, encerradas en recuadros, interrumpidas por los bocadillos, supeditadas al ritmo narrativo. Como si Wasser hubiera preferido publicar los 34 fotogramas de la sesión en la que Duchamp juega ajedrez con Babitz (1963), en vez de elegir aquella (la #14) en la que la mujer tiene el rostro cubierto por el cabello y su posición, codos apoyados en la mesa, favorece la caída de su pecho y la hendidura de su vientre, mientras él parece concentrado en el tablero.

 

Para reforzar aún más esa decisión, esa inmolación artística, Spottorno elije un tratamiento de la imagen que difumina sus contrastes y la profundidad del tritono o la cuatricromía –el fotógrafo ha ensayado con ambos-, y acerca cada fotograma al trazo del dibujo realista, en ocasiones explotando el grano o manchando el cielo (de ahí que a este libro de fotografía le hayan atribuido la etiqueta de “cómic” con lo que, a mi parecer, disminuye la importancia de este trabajo).

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Dentro del relato, el fotógrafo parece aspirar a la invisibilidad para documentar las fronteras europeas y aunque no renuncia a su intromisión como autor, al encuadrar y decidir la perspectiva y, sobre todo, los personajes –personas que él decide “literaturizar” al incluirlas en la narración-, sí deja que sean la cronología y la geografía las que ordenen la secuencia. Actúa como un cronista y se deja atar de manos ante los hechos, algo ajeno a una edición gráfica usual, de la misma manera que aparta el aspecto artístico y purista de la fotografía que sí se encuentran en sus otras publicaciones. Un sacrificio que no merma, sin embargo, ni la documentación ni la calidad visual, una vez que se comprende que la expresión plasmada en La grieta obedece a la búsqueda de este lenguaje eminentemente narrativo.

 

Esta ruptura en la exposición editorial de la fotografía –si exceptuamos las fotonovelas y las publicaciones de kiosco basadas en películas y series de antaño (Grease, Bonanza…), un género ya extinguido pero que estiró su vida gracias a la pornografía barata previa a internet- no sólo alumbra una narración eficaz: también muestra que sí, que la fotografía encuentra, gracias a Spottorno como precursor, un eslabón hacia la forma de crónica –posiblemente pronto hacia la ficción- que ya el dibujo había transitado en el cómic (no hace demasiado tiempo tampoco), con historias ambiciosas más allá de la tira cómica y la mancheta editorial. Documentos largos y literarios como los de Pekar, Sacco, Taniguchi y Kusumi, Charyn, Sagar y Carrión enhebran ahora con la publicación de Spottorno y Abril, que sienta las bases de una novedosa forma narrativa para el trabajo fotográfico. Tengo la certeza de que con La grieta presenciamos el nacimiento de algo; de que asistimos a la forja de un lenguaje.

 

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