“Nosotros” y “ellos”

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(Extrañezas y reminiscencias de un venezolano en Madrid)

Cuando tenía siete años me acerqué a mi padre que veía televisión. Era una película bélica. Me senté con él y le pregunté: Quiénes son los buenos. Mi padre me respondió: depende. Y me explicó que los que morían a mansalva –asiáticos–  defendían su territorio y sus familias, mientras que los protagonistas que avanzaban con valentía –norteamericanos–, defendían la imposición de leyes con las que creían que salvarían lo que quedara de ese territorio y de esas familias.

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La política depende de la moral: la que existe y la que se quiere imponer.

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Una de las consecuencias de la dicotomía en las posiciones ideológicas y políticas es la retórica del “nosotros” contra “ellos”. En la agrupación se exige lealtad y sucede la solidaridad automática, la escasa o nula autocrítica, la indulgencia veloz y falaz. Se exime y arropa al individuo que conforma el “nosotros” cuando es señalado por los hechos, aunque sea acusado con la contundencia de lo inexorable.

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La polarización reduce a la sociedad a “buenos” y “malos”, como en las películas bélicas, donde cada uno se contempla según su propia perspectiva. Y los que se agrupan necesitan que los contendientes sean también compactos. Átomos libres e independientes son difíciles de enfrentar. La efectividad exige que se concentre el ataque, o la defensa. Así, la disidencia al grupo es unificada para los que quieren contrarrestarla, sin importar la heterogeneidad que pueda tener cada argumento, cada fracción social e intelectual.

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La primera acción del sectarismo, por tanto, es silenciar, apagar, eliminar aquellas culturas que no siguen la doctrina, y que han sido compactadas, gracias a la magia del lenguaje, en una sola entelequia.

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La retórica dicotómica lleva al miedo de expresión. El “nosotros” contra “ellos” no deja lugar a los grises. Quien critica es señalado. Las sospechas, el endose automático de crímenes, la sombra eres. Quieren transformar la crítica en silencio.

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La frontera que delimita el “nosotros” es nítida. Una línea gruesa que se levanta alrededor de un sector. Quien pertenece allí se esfuerza por ser identificado: adoctrina y es adoctrinado.

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Para que esa delimitación nítida hacia adentro sea funcional, se requiere que la frontera hacia afuera sea difusa. Ese “ellos” logra sobrevivir en el discurso gracias a esa difuminación.

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En la retórica totalitaria, los hechos se disuelven en la opinión. Realidad y conjetura es una sola. El verbo crea la acción. Así, la realidad se lleva al terreno de la interpretación. Lo sucedido es desestimado a favor de la idea sobre lo que debía suceder. Se desvirtúa el hecho a favor de la palabra. Un espejismo que permite desdibujar lo real, lo constatable, lo visible y lo palpable. Y así, en ese plano, el sector –en su totalidad aglutinadora– refuta. Todo puede ser contradicho, desmentido, oscurecido, desconocido, aunque esté allí, nítido. Bajo esas circunstancias, demostrar los hechos nada vale. Importa quién cacarea más, quién argumenta con aparente mayor solidez.

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No hay regeneración sociopolítica posible cuando el que promulga un cambio es igual al otro en el fondo pero diferente en las formas, sólo amparados en el “nosotros” contra “ellos”. Ante la falta de profundidad, los regeneradores buscan distinguirse en la superficialidad. Pueden incluso producir “razas” por medio de la forma de vestir. Estas razas textiles, ya sea por los colores o los emblemas que portan, son enseñas reconocibles.

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Lo que escribes te retrata. Lo escrito te retratará siempre.

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No todo lo que causa gracia a una mayoría es humor. Puedes matar a un perro mientras te ríes con tus amigos. Hay burlas (en forma de chistes y caricaturas) que, aunque se disfrazan de denuncia, banalizan la crueldad de otros. Los holocaustos, los genocidios, aquello que desprotege y se ensaña con las minorías o los débiles, aquello que contradice lo democrático y los derechos fundamentales.

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Los chistes son mínimos relatos que contienen ideología. Quien los difunde, quien se los apropia y dota de su propia voz, suscribe la intención con que fueron creados.

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Calificar de “humor negro” como justificación a un dardo ideológico es parte del proceso de trivialización, normalización y perpetuación de actos que deben ser siempre confrontados, rechazados. Humor negro, como eufemismo de ensañamiento; humor étnico, de racismo… el lenguaje todo lo permite, tiene capacidad para enmascarar cualquier cosa.

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Es fácil saber cuándo una sociedad sucumbe a la dicotomía, pues se juzga con doble raciocinio y moral.

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A partir de actos similares, juzgan que “ellos” son peores (cuando se ataca) o iguales (cuando se defiende).

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Más que hablar de “nosotros” y “ellos” hablemos de ambiciones: del “poder consolidado” y el “poder emergente”. Unos y otros, agrupados y organizados, pretenden detentar el poder. En el movimiento y la pujanza, unos buscan permanecer; otros, llegar y, después de llegar, permanecer.

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La política parece reducirse a esa idea de permanencia.

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La idea de permanencia es colectiva e individual. No hay renuncias. El individuo agrupado tiene como meta llegar a ejercer el poder a favor de su colectivo, gozar de la beca que da el cargo, obtener la carta blanca de los privilegios.

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Si resbala el líder, si tambalea el eslabón superior del organigrama, la muchedumbre agrupada defiende. Para defender, trivializan.

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Los consolidados y los emergentes parecen coincidir en la jerarquía dada a la lealtad a las siglas, al partido, a la bandera, al color, a la insignia, al líder. Si hay que aplaudir, se aplaude. Si hay que reír, se ríe. Si hay que amedrentar, amenazar, desobedecer… Es el político de organigrama el que tiene derecho al ascenso.

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En un contexto en que se premia la incondicionalidad al líder, ¿qué causa la inhabilitación política cuando la lealtad vale más que las credenciales, la experiencia, la eficacia?

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Coinciden en la defensa a ultranza a “sus” políticos de cuadro, a quienes les tocó un número en la lista gracias al dedo del líder y luego un cargo en la negociación entre las fuerzas políticas de turno. Las ideologías se estrechan las manos en los medios para retener el poder, en ese objetivo único de colocarse y consolidarse. En ese “quítate tú para ponerme yo”, los líderes de los partidos, nuevos y viejos, no aceptan que se les discuta. No admiten ningún escenario ni debate que ponga en peligro su consolidación en el poder. Es la raíz de la ausencia de democracia a la hora de gobernar, el fondo del asunto.

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Emergentes y consolidados, sean “ellos” o “nosotros”, desafían las normas de convivencia democrática: unos, irrespetan creencias y éticas y llaman a la violencia y el linchamiento; otros, ejercen esa violencia de Estado desde la legislación y desde las acusaciones lanzadas a través de los púlpitos institucionales; y ambos quiebran las normas democráticas con el mismo tono en la malinterpretación de las reglas. Sólo invierten los personajes y los intereses.

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Pero los consolidados han ejercido el poder y sus delitos, sean o no reconocidos por las decisiones finales de los tribunales, van más allá del verbo, aunque luego la retórica intente disfrazar los hechos.

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Sin embargo, la escasa ética de los consolidados no hace mejor a los emergentes.

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Los hechos importan a quien quiere informarse, educarse, formarse una opinión propia. Quien cree sólo lo que desea creer, busca el eco de su gallo en el cacareo del corral. De trasfondo, el grito “¡Que vivan los argumentarios!”.

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La violencia verbal se diluye y sólo si se reitera una y otra vez hace que permee en una sociedad. Por el contrario, la violencia textual se asienta y permanece con la potencia de la consigna. Entre dos aguas, las redes sociales, que fija la oralidad sobre un soporte destinado hasta ahora a lo textual. Allí la consigna se repite ante el vacío de debate. El verbo incendiario quiere fuego. Alebresta a los oyentes. Gusta porque la masa confía en unificarse para ejecutar linchamientos.

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El odio y el resentimiento son pegamentos sociales fuertes y evitan la profundidad del pensamiento.

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La racionalidad remarca a un individuo, lo aleja de la masa. La inteligencia rompe la cohesión.

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La emoción por encima de la racionalidad. Preponderar el discurso rápido y certero hacia la emoción. Más concretamente, el miedo, por una parte, y la sensación de despojo, por otra. Los consolidados azuzan con la revancha y venganza de los emergentes. Los emergentes esgrimen el egoísmo de los consolidados y la explotación de sus iguales.

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El miedo se sostiene en que perderás lo conseguido o lo que podrías conseguir de continuar la política actual.

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Toda retórica populista se asienta en ese sentimiento de haber sido despojado y en la promesa de una reconquista.

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La sensación de despojo se instala en quien cree que merece más de lo que tiene. Que, por no tenerlo, alguien se lo ha quitado. Una sensación de traición y promesa incumplida. No conozco a un hijo de español menor de 40 años que haya trabajado más que su padre; no conozco a un hijo de español menor de 40 años que no crea que merece vivir mejor que su padre.

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Ante el largo camino de la justicia, el ajusticiamiento.

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El ajusticiamiento se hace en los medios de comunicación, en los actuales medios. Twitter no es fútil. Lo saben bien los totalitarismos que arrestan y persiguen a los tuiteros.

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En ambos casos es muy útil el enemigo invisible. Una entelequia no fabrica una imagen en el inconsciente colectivo. Así se identifican con colectivos difusos, poco concretos. De la oligarquía al lumpen. De la autocracia a la invasión. Luego, son intercambiables, reusables, desechables. Y siempre puede fabricarse un nuevo fantasma agazapado.

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Los enemigos invisibles sirven para justificar la ineficiencia, evitar el debate, cambiar las leyes, proteger al que comente ilegalidades o crímenes, avasallar a los ciudadanos incómodos, apresar opositores, desconocer resultados electorales, practicar la solidaridad automática. Los enemigos invisibles e incomprobables han sido útiles a unos y a otros.

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¿Puede pasar en España con la ascensión de las coaliciones de izquierda al poder lo que pasó en Venezuela con la llegada de Hugo Chávez? Los contextos históricos son distintos y se abren diversos escenarios ante las posibilidades de ejercer el poder. Los proyectos democráticos de uno y otro país también tienen diferencias pero son frágiles como todo proyecto que, como la misma democracia, puede ser modificada. Podría pasar pero no tiene por qué pasar.

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Como demócrata, despojo a los totalitarismos de su propaganda ideológica. Todos se concentran y sostienen en la misma intención: la concentración absoluta de un poder sin alternancia; en el desprecio de los que están fuera del círculo.

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Abanderados por una ideología o por otra, los autócratas del mundo tienen dos grandes lineamientos tras apropiarse del poder: militarismo y autarquía.

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La dicotomía y el poder que ofrece seducen incluso a mentes lúcidas que abrazan a líderes que copian las palabras sátrapas, que emulan la indecencia del dictador camuflado en campechanía, que aplauden sus retos absurdos a las normas democráticas.

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El discurso y la vocación totalitaria puede apropiarse de cualquier ideal que bien suene. El populismo de ocasión. No hace falta aplicarlos realmente. Basta con decir que se aplican. El objetivo final es afianzar un totalitarismo sin más objetivo que la perpetuación en el poder de ese poder emergente.

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El totalitarismo es siempre bipolar: paternalista e iracundo. “Nosotros” versus “ellos”. En el fondo, los líderes versus los demás.

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Las reglas democráticas pueden utilizarse para que la propia democracia se suicide. La historia minúscula de las naciones enseña que es más fácil de lo que parece. Ingredientes: a una débil separación de poderes añadir una enorme corrupción, normalizar con el cambio de las leyes y las amnistías, batir con complacencia los intereses transnacionales y cumplir con la cuota de trasvase de riqueza de los países mentores, aun a costa de despojar a sus ciudadanos. Siempre que exista ese trasvase, nadie de afuera hablará de libertades. Y los que lo hagan desde “adentro” son “ellos” que acechan.

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El proceso incluye el vaciado de contenido de palabras que alguna vez significaron otra cosa: igualdad, justicia, libertad.

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Sin embargo, sólo la democracia puede ser garante de un cambio social.

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Frente a la democracia, el poder autócrata desea un gobierno de los hooligans, defendido por los que gritan y amenazan, por los que desfilan en masa y defienden una camiseta. Los leales a quien les paga. No exento de cinismo, puede llamarse democracia participativa, en oposición a la representativa.

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Cuando la máscara democrática sirve, se usa. Cuando deja de servir, se desecha.

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Un poder emergente puede consolidarse y seguir utilizando la retórica del emergente, sin importar el tiempo que ha detentado el poder. Es una estrategia funcional para disimular la ineficacia y el totalitarismo. Los “otros” siguen acechando, amenazando, controlando el poder, dicen. El poder consolidado se disfraza de emergente.

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La retórica del periférico consiste en que “ellos” serán siempre el status quo, mientras que “nosotros” seguirán planteando escenarios como si no tuviera representación y poder.

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Suele suceder que la democracia es vulnerada con actos cobardes que atentan contra el estado de derecho que, a su vez, protege, hasta cierto punto, esos actos. Actos cobardes como irrumpir en un templo católico –a otras religiones se les teme precisamente por esos fanáticos que no acatan el estado de derecho–, como amenazar desde el otro lado de la pantalla, como redactar leyes que prohíben la manifestación y la denuncia a las fuerzas policiales, como aprobar esas leyes, como apuntar con la artillería de los medios de comunicación afectos al poder consolidado contra aquellos que han ganado con los votos un lugar dentro de la política.

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El verbo del enfrentamiento tiene la finalidad de incendiar a los “suyos”, sí, pero también a quien desafíe ese discurso. Al apelar a la emocionalidad, el mensaje dicotómico los convierte al instante en enemigos. Los invisibles han asomado por fin la cabeza, dicen.

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La agresividad marca el tono y cercena la razón. Violencia. Ardor. Odio. Las líneas se demarcan y la población se separa. Y cuando eso ocurre, como cuando ocurre una guerra, se sigue a un líder, y quien marche contra él, o se haga creer que se opone, se percibe que atenta contra ti, contra tu familia, contra tu propiedad.

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Entonces, se ratifica que la mayor virtud es la lealtad. Pensar, negociar, buscar consenso es una traición. No hay diálogo. Sólo apariencia de diálogo bajo la que se ampara la traición, el saber que el poder –sea que defienda su posición o que haya emergido al fin–, no cederá. La intransigencia.

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La democracia ha muerto cuando se instauran plebiscitos guiados por la voz del amo, que al fracasar se repiten una y otra vez, buscando la abstención del opositor cansado del lenguaje de calle, del maniqueísmo, del cambio de reglas. Así se logra imponer el que más grita. Es el sistema del hooligan, del que insulta en el estadio y saca un pañuelo blanco. Hordas que repiten consignas y expulsan el debate racional y civil.

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Estas ideas fluyen mientras camino por Madrid. Un venezolano en Madrid. Un venezolano socialdemócrata en Madrid. Un venezolano de la izquierda democrática en Madrid. Un venezolano, que no nació en Venezuela y que es de una izquierda sin carnet, se pasea por Madrid. Un Madrid de cambio en cuanto a actores políticos aunque está por ver si también de políticas.

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Un esperanzado pero no un entusiasta.

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Un extranjero pero no un turista.

 

*Foto portada: Linda Ontiveros

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