Del síndrome de Stendhal a la memoria del turista

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“Ya no somos lo suficientemente felices para pedir belleza; por el momento sólo deseamos lo útil. La sociedad va a pasar no sé cuántos siglos persiguiendo lo útil”.

Henri Beyle Stendhal. Roma, Nápoles y Florencia, 1817 (ed. Pre-Textos, 2006)

FOTOENSAYO: Doménico Chiappe

El turista vive en la exaltación permanente. Permanente pero no perpetua. Exaltación que existe mientras duran los días de viaje. O, mejor, días de turismo.

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El turista ya no es un viajero. El turista lleva su burbuja a cuestas. El turismo es rapidez y artificio. No vive una ciudad, simula vivirla. Y mientras más rápido, mejor. Vive en la exaltación de la vida.

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El turista no es un observador, pues el observador se detiene. El turista es impulsivo.

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En Florencia, el Duomo que impresionó a Stendhal tiene ahora más vigilantes, que curas. Forzudos con camisa y corbata. Corteses pero serios que se apostan en la puerta antes del rito, y luego, en posiciones estratégicas, dentro de la Catedral. Son soldados que libran dos guerras con el turista. Una, la del paseo sin pagar. La visita turística tiene una puerta, una ruta y una tarifa. El culto es gratis y tiene otra entrada, al mismo recinto en horas vedadas al curioso. La sede del rito se desaloja de visitantes. En la puerta advierte: no fotos.

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La segunda batalla es contra el souvenir. El souvenir es la necesidad de hacer tangible una experiencia. La del turista es corta e insatisfactoria, y necesita un asidero para el público que le espera al regreso (familiares y amigos). Las iglesias son sitios de visita obligada para el turista en Europa. El souvenir ideal de esos recintos es la hostia.

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Al poco tiempo que el catolicismo permitiera recibir la hostia (“el cuerpo de Cristo”) en la mano, y no en la boca, en Notre Dame vi cómo un turista asiático hacia la fila para comulgar. Pedía la hostia en la mano, y se retiraba, como despistado, sin metérsela entre los labios. El cura lo alcanzó con una mano por la mochila, lo atrajo con fuerza y le exigió que se la tragara. El turista sorprendido y temeroso de una santa paliza tuvo que desistir de su souvenir, a falta de foto con el jorobado, y embucharla. No eran tiempos de selfie, aún.

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En el Duomo evitan este tipo de confrontación, al menos con los de sotana, y los forzudos se paran a un par de metros de quienes comulgan, y le observan. Tanto la hoja de la misa como los altavoces antes de la comunión advierten que el ritual está reservado a los católicos que han expiado sus pecados graves. No hablan ya de confesión, sino de examinarse a sí mismos.

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Quien no sea católico, quien no ha reconocido sus pecados, puede tragar esa pieza de harina, un sabor a pan sin sal, pero carecerá de valor como botín de viaje: no puede mostrarla.

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¿Por qué se evita que la hostia se convierta en recuerdo turístico si su valor monetario es mínimo y el simbólico solo tiene sentido dentro de un rito? El souvenir es la ridiculización de lo real. Tamaño de bolsillo, peso de plástico hueco, calidad ínfima.

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Entre los vendedores ambulantes de las plazas como Palazzio Vecchio o Santa María, el artículo más demandado, según se constata por la oferta, es el palo para colocar el móvil y hacerse un selfie. El palo es un anexo del brazo que permite alejar la cámara lo suficiente para ganar profundidad y atenuar el primer plano. Se utiliza sin importar si se está solo o acompañado. O si hay más personas que pudieran hacer la foto.

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El selfie, verdadera retórica de la era del turista.

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El turista ahora se ensimisma. No necesita relacionarse con los locales ni con otros viajeros. Ha ganado independencia. No solo es el palo del selfie el que le ahorra entablar conversación y pedir una foto, antigua excusa para la charla. El callejero con GPS del móvil le permite encontrar direcciones sin preguntar.

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En los trenes ya no se habla, en lo aviones ya no se habla, en la calle ya no se habla. Los auriculares son señales que impiden el paso.

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El viajero hablaba con aquellos que encontraba en su recorrido. Hoy la tecnología enmudece al turista.

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Al viajero, en cambio, le enmudece la belleza, el ingenio y la historia. Stendhal describe: “Anteayer, bajando el Apenino para llegar a Florencia, mi corazón latía con fuerza. ¡Qué disparate! Por fin, en una vuelta de la carretera, mi vista abarcó la llanura, y divisé a lo lejos, como una masa sombría, Santa Maria del Fiore y su famosa cúpula, obra maestra de Brunelleschi. “¡Allí es donde vivió el Dante, Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci!”, me decía (…) Al final, los recuerdos se me agolpaban en el corazón, me sentía incapaz de razonar, y me abandonaba a la locura como la haría junto a la mujer amada (…) Aún a riesgo de perder todos esos pequeños efectos que uno tiene a su alrededor cuando viaja, abandoné el coche inmediatamente después de la ceremonia del pasaporte. He contemplado tantas veces vistas de Florencia, que la conocía de antemano (…) Allí (en la capilla del ángulo noreste de la Santa Croce), sentado en un reclinatorio, la cabeza echada hacia atrás y apoyada en el respaldo para poder mirar el techo, las Sibilinas de Volterrano me proporcionaron seguramente el placer más intenso que me haya dado nunca la pintura. Estaba ya en una especie de éxtasis por la idea de estar en Florencia y por la proximidad de los grandes hombres cuyas tumbas acababa de ver. Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba por decirlo así. Había llegado a ese punto de emoción en el que convergen las sensaciones celestes provocadas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Al salir de Santa Croce, el corazón me palpitaba con fuerza, eso que llaman nervios en Berlín; la vida se había agotado en mí, caminaba con miedo a derrumbarme” (pp. 264-266). Esta angustia por sentir y retener, esta ansiedad por conocer y reconocer se conoce, gracias a estas impresiones, como “síndrome de Stendhal”.

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Cuánto necesitaba la memoria para recordar. Cuánto almacena una cámara de fotos. Cuánto tiempo es el mínimo para la contemplación de una obra de arte, un paisaje impresionante, un recinto majestuoso. Hoy, el que demora el encuadre y el clic. Y siempre tendría que haber sido el mismo que demora la lectura de un relato largo: la inmersión no sucede al instante.

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El turista ya no lee, ya no hace un esfuerzo por recordar los detalles. Fotografía hasta las cartelas de las exposiciones.

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¿Miraste o tomaste una foto?

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El síndrome de Stendhal, descrito antes, ha sido erradicado como la viruela, por una vacuna plana y rectangular. Fotografiar con móviles y tabletas. La memoria exterior alcanza a todo lo visible. El fotógrafo actual confía en poder revisitar lo que queda registrado en su marco fotográfico, aunque esto sea algo que ocurre pocas veces, una vez se guarda en otra memoria exterior superior y con mayor almacenaje, como lo es la tarjeta de memoria, primero, y el disco duro, después.

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El turista ya no siente la angustia, la premura, del que quisiera alcanzar toda la cultura y no puede. Nada impide ya su carrera por estar ahí, esa esencia fotográfica, y capturar lo que ahí exista. Incluso su propia emoción, o la fabricación de su Yo emocionado. Su ansiedad nace en el breve instante en que intenta llegar a la primera fila para que nada se interponga entre su lente y el objeto.

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La memoria del turista se aloja en adminículos externos. No son recuerdos: son megabytes.

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Se conmemora la utilidad y se retiene la belleza.

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Las obras son parte de un lugar, construyen las murallas y puertas de una ciudad. Pero en los tours se huele al vecino, que llegó del mismo lugar y regresará allá al mismo tiempo. Colonia y sudor suplantan el aroma de las geografías, sea cual sea ese olor.

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La descortesía es el arma del turista, que actúa como atenuante a la comodidad. Pelea por un asiento en la sombra, un rincón con vista, un lugar menos en la fila. Rebaña las sobras a otros turistas. Los ciudadanos de un lugar acosado por el turismo evitan esas confrontaciones, que serían interminables, pues siempre hay un turista detrás de otro. Ante infinitos contrincantes, abandonan las plazas. Dejan el territorio a merced de las hordas semiordenadas que bajan de los autobuses y, antes, de los aviones o los cruceros, esas cárceles con forma de edificios agobiantes.

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El museo es la arena de las escaramuzas.

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También los lugares se han rendido al turista. Enseñan y cobran. Dieciséis siglos de arquitectura y arte por ocho euros.

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Algunos turistas pertenecen a manadas. Aborregadas, las conduce un guía y el ganado va pendiente de no perderle, siempre tras una señal (un banderín, una sombrilla) y subir al bus a la hora indicada.

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Otros son asilvestrados, cuando van por libre en aquello que llaman turismo inteligente, o e-turismo. Grupos de cuatro, seis u ocho. A veces parejas que se comportan como lobos frente a esa manada.

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Los aborregados ocupan la plaza, la acera, el local, el espacio vacío ante cualquier cosa, en su masa compacta, bailando como átomos, sin permitir fisuras, ante cuyo avance es mejor quitarse, evadirlos como huye el selvático ante las marabuntas. Inofensivos individuos que se convierten en grandes depredadores cuando están en grupo y avanzan.

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Los asilvestrados se cuelan en las grietas, se salen de los caminos, invaden el espacio que los ciudadanos conservan libres de turistas. Gozan de perderse y llegar a los portales de los lugareños para comer un sándwich, masajearse los pies, secarse el sudor, hacer lo que se haría en un baño, o beber cerveza.

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El olor local se pierde con la huida de los habitantes de la ciudad, ya no por temporadas de verano. Se repliegan hacia la periferia, evitan esos centros de explotación cultural.

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El viajero que era Stendhal conoció a los turistas que comenzaban a frecuentar los lugares de peregrinación cultural europea: “Florencia no es más que un museo lleno de extranjeros, que se traen aquí sus costumbres”.

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El turista vive en la ilusión de quien tiene tiempo y dinero. A veces, también poder.

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Tiempo y dinero, dos cuestiones que en su cotidianidad no puede perder, pero que, convertido en turista, el individuo simula que carecen de importancia.

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Dos ensoñaciones recurrentes en el turista y ajenas a la belleza, historia e ingenio de los lugares visitados: creer que puede acumular tiempo improductivo, pero los días están contados, y creer que puede gastar sin hacer cálculos mentales de las facturas y las cuentas, pero ha ahorrado todo el año para costear esos diez, quince, treinta días de turismo, ni uno más fuera del presupuesto.

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Los que viven del turismo identifican a un turista, y el turista se siente cómodo identificando a quien vive del turismo. Se siente seguro bajo el amparo de los que manejan códigos similares en cualquier rincón del mundo, como vestir bermudas, camisas manga larga y mocasines sin calcetines. Los que viven del turismo pueden mirar a un transeúnte y saber si están en el momento y el lugar precisos para tomar su dinero.

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Hay códigos que el mercado turístico escribe. Los guías saben leerlos y los turistas los siguen por intuición. Códigos como evitar las calles sin tiendas, que son pasos cerrados.

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Un turista sin dinero (perdido, robado o mal administrado) se condena al encierro, come de la caridad de otros turistas, seguramente paisanos o compañeros, y acude sólo a actividades gratuitas, que para los turistas son muy pocas en todas partes.

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El turista tiene una culpabilidad implícita, en ocasiones por su raza o por el país del que proviene. También tiene una sensación supremacista. Ambas se combinan como se mezcla el embelesamiento por el entorno, el cansancio físico y una confianza en sí mismo a pesar de encontrarse en tierra desconocida, o quizás por eso.

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El ambulante, el que vive al borde de la desesperación y necesita aprovecharse del turista, sabe de esa culpabilidad, ese cansancio, esa confianza. El ambulante es también extranjero pero nunca ha sido turista. Es viajero sin ahorros.

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El turista destruye la ilusión del tiempo que le sobra, cuando desea convertir los lugares que visita en terrenos pisados, como si estar allí, de cualquier forma, fuera una conquista. Y planifica su estadía para correr, más que recorrer, los sitios.

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En la Plaza de Santa Croce un turista japonés reclamó al guía, otro asiático con un paraguas azul siempre en ristre para que sus clientes no le perdieran la pista, por haber llegado después de que se cerraran las puertas. Las justificaciones del guía lo alteraban más. Furioso, en pleno escampado, se acercó a agredirlo. Su mujer se interpuso. Ese turista había perdido una marca en su tablero y quizás nunca más volvería a visitarla, porque un solo monumento no justifica un viaje. Y sin embargo, no tachar la casilla de ese recinto al que no se entró puede envenenar el recuerdo del viaje, como si los otros noventa y nueve sitios no valieran lo que un fallo. Es un concurso, una carrera, un registro, un récord lo que persiguen turistas así.

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Lo que más se observa durante un tour es la pantalla propia.

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Conozco un fotógrafo de geografías humanas que vivía en el centro de Madrid, en un piso cerca de Gran Vía, que le servía, además, de estudio. Él mismo ha sido un turista asilvestrado armado de cámara fotográfica como salvoconducto intelectual, como seña salvadora de la manada turística, que ha realizados series y encargos de lugares que pisaba por primera vez. De su cuidad natal y centro de operaciones, el fotógrafo huyó, espantado por esos turistas que llegaban a su calle en verano o invierno, con pieles desteñidas y juventud extrema, con o sin mochila, siempre con un botellín de agua. Y emigró a la Mancha profunda, donde los colores y tonalidades suprimen cada día la monotonía del paisaje.

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Los turistas son extranjeros a veces de sí mismos. Saquean paisajes y experiencias, y a veces a sí mismos también.

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Los otros extranjeros, los que viven en una ciudad y no tienen planes de marcharse y que, además, siguen las leyes pero no las costumbres, no se quitan al paso del turista, ese privilegiado. Reivindican su presencia y su diferencia, con el menosprecio a los turistas.

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En su viaje por Italia, Stendhal se paseaba por sus gentes, por su literatura oral, sus ratos cotidianos. Intentaba mezclarse con ellos. “He encontrado a tres campesinas de Toscana tan bonitas y tan superiores, según se dice, a las damas de las ciudades. Había siete u ocho campesinos con ellas. Apuesto a que no adivináis la ocupación de esta compañía de labradores: improvisaban, cada uno en su turno, cuentos en prosa al estilo las Mil y una noches. He pasado una deliciosa velada escuchando esos cuentos, desde las siete hasta medianoche. Mis huéspedes estaban al principio junto al fuego, y yo cenando en mi mesa; han visto mi atención, y poco a poco me han dirigido la palabra (…) Habría sido una grandísima locura esperar que pudiese convencer a estos campesinos de la verdad, es decir, de que eran los donaires de su ingenio, la cortesía tan original de sus maneras, y no algún proyecto ridículo sobre la belleza de sus mujeres, lo que, con una tramontana abominablemente fuerte y penetrante, me retenía dos días en un agujero como Castelfiorentino” (pp. 290-291). Para no alterar la rutina italiana con la intrusión de un francés, Stendhal, en ocasiones, se hacía pasar por lombardo, de cómo; “me creen sin esfuerzo”, dice (p. 292).

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El turista no se mezcla con la gente del lugar.

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El turista busca lo visible, la postal con su rostro. La “experiencia” no va más allá de la comida y la prostitución, ambas también filmables como si la documentación estirara el saboreo.

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Stendhal habla de viajeros. Ahora el viajero estaría a medio camino entre un turista y un “asimilado”, alguien extranjero que se ha sumergido en la cultura y la vive.

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Cuánta inmersión hace falta para romper la burbuja del turista. ¿Doce o seis meses, una beca Erasmus, un año sabático? ¿Es cuestión de tiempo o de actividad? ¿Se rompe sólo al tratar de ganarse la vida en ese lugar? ¿O se trata de buscar trabajo en ese sitio, pues instalarse con un empleo no garantiza entremezclarse?

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¿Quiere el turista dejar de serlo? ¿O sólo algunos preferirían vivir en el siglo de los viajeros, aquellos de El cielo protector? Salir del estado de turista implica exponerse a ciertos riesgos. Quién deja de comprar agua mineral, para beber la del grifo.

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El turismo es el caballo de Troya del capitalismo. La avanzadilla de guerra de un enemigo invisible que conquista una región. Los países comunistas o sometidos a cualquier tipo de totalitarismo instigan la autarquía microeconómica, e impiden que el turismo penetre con su contaminación a los comportamientos, vestimenta, ideas del oprimido. Lo hace con la prohibición explícita, por medio de aduanas y visados (Corea del Norte), de la conformación de guetos restringidos para los visitantes (Cuba), o del miedo en forma de delincuencia y homicidios (Venezuela). Algunos optan por aislar a la población sin dejar de percibir las divisas del turista para quienes crea guetos en la costa, en los paraísos postales. Pero como el agua, el turismo encuentra grietas y diversifica la economía y penetra en el gusto de los locales que prestan servicios, sean legales o ilegales.

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Un turista y su uniforme de verano. Da igual que vaya a la playa o a una ciudad como Florencia. Solo se guarda o no un suéter en la maleta.

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El turista y su prisa.

El local y su desprecio al turista.

El turista y el local desprecian por igual al extranjero que llegó para quedarse.

Todos coinciden en algunas líneas de transporte público.

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La turista sin zapatos, con el vestido roto, el rímel en los ojos, sin cartera ni documentos, abrazada a la botella de agua de un litro, comprada con el dinero que alguien le ha regalado cuando mendigó, sedienta y desesperada, un euro para aquello y otro para el ticket del autobús. Mientras aguarda el suyo en la Plaza de San Marcos, una chica italiana que habla inglés la ha ayudado. La turista tiembla y la local le explica cómo llegar a su destino. Una noche larga y loca. La local le pregunta si se encuentra mejor, la otra le responde que sí y se sienta en el brocal.

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Resaca de turista. Vivencia larga que no acaba aún a las once de la mañana del día siguiente. Cuándo la abandonó la conciencia, la prudencia, las amigas, el grupo, la manada. ¿Había premeditación, o la cocaína y la anfetamina se acumularon sin darse cuenta, amortiguadas por el alcohol, la música? Al final, sin más tragedia que los zapatos perdidos y el dolor de cabeza, cuando despierte al amanecer, la situación se habrá resumido en unas risas anecdóticas sobre la persona con la que durmió y su extravío en la ciudad. Sentirá hambre y volverá a salir.

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Para el turista, estas experiencias quedan también en el lugar visitado y se permite el extrañamiento.

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Despertar en el césped de un parque, en el banco de una plaza. La noche es furor y el amanecer, anécdota.

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Cuál sería la historia de la nórdica turista solitaria que encontramos en un bar de reggae de Ginebra, que se sentó sin invitación, bebió nuestra cerveza y se alzó cuando entendió que nadie le brindaría un sitio donde pasar la noche.

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Dante, que vivió en la ciudad visitada por Stendhal, creó al primer gran turista, una ficción poética. En el viaje que vertebra la Comedia, el narrador dispone del servicio de un guía y pasaba por los sitios sin vivirlos. Pero intentaba comprender, siempre asombrado (horrorizado o maravillado). Un turista respetuoso más que un viajero. Protegido siempre por un salvoconducto.

Florencia-Madrid, verano, 2015

(c) texto y fotografías